Rutas de pueblos con encanto · España · 5 días

Ruta de pueblos con encanto por Zamora en 5 días

Ruta de pueblos con encanto por Zamora en 5 días
  1. 1Ribadelago Nuevo
  2. 2Fermoselle
  3. 3Zamora
  4. 4Toro
  5. 5Morales De Toro

Esta ruta de pueblos con encanto por Zamora está pensada para quien viaja buscando lo que de verdad se disfruta despacio: calles empedradas, plazas con solera, arquitectura de granito y ladrillo, y miradores sobre el Duero. No es un recorrido de grandes iconos turísticos, sino de esos lugares donde el placer está en perderse a pie por el casco antiguo.

A diferencia de una ruta general por la provincia —que mete monasterios, embalses y kilómetros de carretera—, aquí el hilo es el pueblo en sí: cómo huele la piedra, dónde se abre una plaza, qué se ve desde el filo del cañón. Empezamos en el noroeste, junto al Lago de Sanabria, bajamos a los Arribes del Duero, seguimos por la capital y cerramos en la Tierra del Vino de Toro.

Cinco días dan para saborearlos sin agobios. Se necesita coche: muchas de estas paradas están mal comunicadas por transporte público, y eso mismo es lo que las mantiene tranquilas.

Día 1 · Ribadelago Nuevo

Arrancamos en el extremo noroeste, en Ribadelago Nuevo, la puerta natural al Lago de Sanabria dentro del municipio de Galende. No esperes un caserío monumental: lo que da carácter a este pueblo es su historia. Ribadelago —Riballagu en sanabrés— inspiró en parte a Unamuno para San Manuel Bueno, mártir, y arrastra leyendas de un pueblo sumergido cuyas campanas repican bajo el agua en la noche de San Juan. La visita cobra otra dimensión cuando sabes que el 9 de enero de 1959 la rotura de la presa de Vega de Tera arrasó el pueblo original y se reconstruyó en este emplazamiento nuevo. Pasear por sus calles con esa historia en la cabeza es lo que hace especial la parada.

El gran protagonista es el lago glaciar más grande de España, rodeado de bosques. La mejor forma de captar su magnitud es desde el agua: un paseo en barco por el Lago de Sanabria te lleva por el centro del vaso glaciar con explicaciones de su formación. En temporada alta conviene madrugar, porque el aparcamiento junto a las playas se llena pronto.

El Lago de Sanabria, telón de fondo de Ribadelago Nuevo.
El Lago de Sanabria, telón de fondo de Ribadelago Nuevo. Foto: Stegop · CC BY 3.0

Día 2 · Fermoselle

Bajamos hacia el sur, a los Arribes del Duero, para llegar a Fermoselle, quizá el pueblo con más encanto de toda la ruta. Es un caserío de granito colgado sobre el cañón, con calles empedradas que suben y bajan sin descanso —calza bien— y un casco histórico declarado Conjunto Histórico Artístico. Aquí el placer es perderse sin rumbo, sabiendo que «todas las calles llevan a la Plaza Mayor», donde se concentran el Ayuntamiento, la Oficina de Turismo y la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, joya del románico local. No te pierdas El Arco, la antigua puerta medieval, ni la calle Requejo.

Pero lo que hace único a Fermoselle está bajo tierra: lo llaman «el pueblo de las 1.000 bodegas». Cuevas de refugio para pastores que a partir del siglo XVI se convirtieron en bodegas excavadas a mano en la roca. Una visita guiada a las bodegas subterráneas arranca en la Plaza Mayor y recorre cuatro bodegas, entre ellas la Bodega de la Botica con su zarcera y sus cubas de castaño. Si quieres asomarte al cañón, una excursión por los Arribes del Duero completa el día.

Día 3 · Zamora

Toca la capital. Zamora tiene un casco histórico peatonal que se enlaza a pie sin esfuerzo: el puente de Piedra, la catedral, el castillo y las iglesias románicas quedan todos cerca. Presume de ser la ciudad con más iglesias románicas del mundo, y lo bueno es cómo aparecen al doblar una esquina —Santiago del Burgo, Santa María la Nueva, San Claudio de Olivares—, convirtiendo el paseo en una sorpresa continua. La catedral, con su cúpula gallonada cubierta de escamas de piedra, es única.

Cruza el puente de Piedra al atardecer, con el castillo y la catedral recortados sobre el Duero, y sube al mirador del entorno del castillo. Para orientarte el primer día va muy bien un free tour por Zamora, y si te interesa la faceta menos conocida, la ciudad guarda un conjunto modernista en calles como Santa Clara con el Casino y el Mercado de Abastos.

Día 4 · Toro

Seguimos Duero arriba hasta Toro, una pequeña ciudad monumental encaramada a un otero sobre un meandro del río. Fue sede real en la Edad Media y se nota: casas tradicionales de fachadas de ladrillo y entramado de madera, iglesias mudéjares y algún palacete. Empieza en la Plaza Mayor y baja por la calle Corredera hasta la Torre del Reloj. La Colegiata de Santa María la Mayor es el icono, con su cimborrio y, sobre todo, la Portada de la Majestad, que conserva casi intacta su policromía original. Se puede subir a la torre para ver el Duero y la llanura.

No te pierdas el alcázar, con sus siete torreones y su verraco celta de piedra en la puerta, ni la plaza de toros, uno de los cosos más antiguos de España, hecho de adobe, ladrillo y madera. Para entrar en materia, una visita guiada por Toro te sitúa, y quien quiera unir historia y vino tiene la opción de una visita guiada con bodega histórica.

Día 5 · Morales de Toro

Cerramos cerca de Toro, en Morales de Toro, un pueblo pequeño a orillas del Duero donde el vino lo impregna todo. No es un destino de multitudes, y ahí está su encanto: se viene a caminar sin prisa por calles de arquitectura tradicional castellana de ladrillo y adobe, con su iglesia parroquial y ese ambiente pausado de la meseta. Alrededor se extienden las cepas viejas de tinta de Toro plantadas en suelos arenosos junto al río.

El gran reclamo es la visita al museo del vino Pagos del Rey, instalado en una antigua bodega, que recorre la elaboración del tinto desde el viñedo hasta la crianza. Un final redondo para una ruta que ha ido del agua glaciar del norte a las cepas doradas del sur.

Consejos prácticos para esta ruta de pueblos con encanto

El coche es imprescindible: varias de estas paradas están mal comunicadas por transporte público, y esa desconexión es justo lo que las mantiene tranquilas. Aparca siempre a las afueras del casco histórico —en Fermoselle es obligado, con sus calles estrechas y empinadas— y muévete a pie.

La primavera y el otoño son las mejores épocas: se pasea sin el calor intenso del verano castellano, y el otoño coincide con la vendimia y los viñedos dorados en la Tierra del Vino. No intentes meter con calzador el Lago de Sanabria y la zona de Toro en un mismo día: están en extremos opuestos de la provincia y la gracia de esta ruta es tomárselo con calma. Reserva con antelación las visitas a bodegas y el paseo en barco, sobre todo en temporada alta.

Preguntas frecuentes

¿Cuál de estos pueblos tiene el casco histórico más bonito para pasear?

Fermoselle es probablemente el más espectacular como conjunto: pueblo de granito colgado sobre los Arribes del Duero, con casco declarado Conjunto Histórico Artístico y calles empedradas que suben y bajan hacia la Plaza Mayor. Toro le sigue de cerca por su arquitectura mudéjar y su ambiente de antigua ciudad real. Zamora, aun siendo capital, tiene un casco peatonal que se disfruta como un pueblo grande.una da tiene su propio carácter.

¿Es una ruta muy de vino o también sirve si no me interesa el enoturismo?

El vino tiene mucho peso en la parte final (Fermoselle, Toro y Morales de Toro están volcados en él), pero no es imprescindible. Puedes centrarte solo en los cascos históricos, los miradores y las iglesias. Ahora bien, en Fermoselle las bodegas subterráneas son parte del patrimonio del pueblo, no solo una cata: merece la pena verlas aunque no bebas.

¿Se puede caminar cómodamente por todos los pueblos?

Sí, todos se recorren a pie, pero conviene llevar calzado cómodo. Fermoselle tiene calles empinadas y empedradas que suben y bajan constantemente, y en Zamora hay cuestas suaves hacia la parte alta donde están la catedral y el castillo. En Ribadelago Nuevo, Toro y Morales de Toro el terreno es más llevadero.

¿Merece la pena incluir el Lago de Sanabria en una ruta de pueblos?

Ribadelago Nuevo no es un pueblo monumental, pero aporta algo distinto al resto de la ruta: su historia marcada por la tragedia de la presa de 1959 y las leyendas del pueblo sumergido dan mucha carga emocional al paseo, y el entorno del lago glaciar es incomparable. Encaja bien como arranque antes de bajar al sur.